Nuestras vidas son los ríos

¿Cuántos versos de las Coplas de Jorge Manrique te sabes de memoria? Seguro que casi casi sin querer, sin hacer un gran esfuerzo, el ritmo intenso y sentencioso de las estrofas se te ha quedado grabado. Y con él algunos fragmentos inolvidables: “Cualquiera tiempo pasado fue mejor”, “¡Cuán presto se va el placer!”, “Los infantes de Aragón, ¿qué se hicieron?”, “¿Qué fueron sino verduras de las eras?”…

Como si fuera el redoble triste y solitario del tambor que acompaña al cortejo fúnebre, esta intensa elegía constituye uno de los poemas más justamente famosos de la literatura europea. Por eso vale la pena conocerlo, leerlo bien y disfrutarlo como lo que es: un alto homenaje al padre muerto, a D. Rodrigo Manrique, insigne caballero del siglo XV cuyo recuerdo resulta hoy inmortal gracias al arte imperecedero de su hijo Jorge, soldado y artista a la vez, arquetipo del cortesano que ya prefigura el Renacimiento.

Aunque sin imágenes apenas, creo que vale la pena acompañar la lectura inicial del poema con la música del gran Paco Ibáñez en el Teatro Olympia de París. Eran otros tiempos, tiempos revueltos y difíciles, tiempos de cambio y de esperanza. Era 1969 y un joven cantautor español exiliado salía al escenario con la intención de reivindicar a los clásicos y cantarlos a viva voz para resistir, para decir que la lucha contra la dictadura franquista tenía sentido, para aportar su pequeño grano de arena en el lento pero imparable camino hacia la libertad y la justicia…

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