El mester de clerecía

30 noviembre 2011

 Podcast y montaje de Manuel López Castilleja

Bajo el nombre de Mester de Clerecía se conoce una escuela poética que se desarrolló en España entre los siglos XIII y XIV. Sus principales características pueden resumirse esquemáticamente en:

a) usar de forma prácticamente exclusiva la estrofa llamada cuadernavía o tetrásforo monorrimo (cuatro versos alejandrinos, de 14 sílabas, partidos en la mitad por una cesura y con rima consonante). Como nos dice el anónimo Libro de Alexandre (s. XIII):

“Mester traigo fermoso, non es de joglaría,
mester es sin pecado, ca es de clerecía:
fablar curso rimado, por la cuadernavía,
a sílabas cuntadas, ca es gran maestría.”

b) ser un “oficio” propio de clérigos (en el sentido de “hombres instruidos” aunque no necesariamente religiosos). Por eso todos los autores demuestran una gran cultura, tanto religiosa como clásica, independientemente de que luego se muestren más campechanos y sencillos como Juan Ruiz o Berceo, o más severos y adustos.

c) tratar básicamente temas de tipo moral y religioso: vidas de santos, milagros de la Virgen, leyendas piadosas, relatos moralizantes… No obstante, también se escriben en cuadernavía narraciones más o menos profanas y aventureras como la historia bizantina del Libro de Apolonio (s. XIII) y la épica culta del Poema de Fernán González (s. XIII).

d) albergar un fuerte sentido didáctico: fundamentalmente se destinan al aleccionamiento de fieles o peregrinos, tal y como se hacía con los retablos y las primitivas representaciones dramáticas de tipo religioso, aunque también pueden alcanzar un público más amplio todavía como nos propone el narrador del Libro de buen amor.

e) tener una evidente voluntad de estilo, que se manifiesta en el uso de un lenguaje muy escogido -elevado, pulcro, preciso- y plagado de cultismos, así como en una clara conciencia de autoría y en la consiguiente voluntad de firmar sus obras.

f) reivindicar la autoridad de las fuentes escritas en que se basan (el libro, sea cual sea éste), aunque justamente la parte más viva y atractiva de estos relatos se halla casi siempre en el tono realista, fresco, divertido e incluso procaz de algunas de las  escenas contadas.

Entre los autores principales de esta corriente o escuela poética destacan sin duda dos:

GONZALO DE BERCEO (siglo XIII)

Fue un monje riojano, caritativo e ingenioso. Era una especie de juglar a lo divino al que podemos imaginar recitando sus poemas a la puerta de los dos importantes monasterios para los que trabajó: Santo Domingo de Silos (Burgos) y San Millán de la Cogolla (La Rioja). Estuvo, por tanto, muy vinculado al camino de Santiago y al enorme flujo de peregrinos que lo recorría.

Inspirándose en libros latinos y franceses, escribió diversas obras entre las que destacan los Milagros de Nuestra Señora y sus vidas de santos (Vida de San Millán, Vida de Santa Oria….) Los milagros están imbuidos de tierna humanidad y devoción por la Virgen que aparece como salvadora y misericordiosa al final de todos los relatos. En ellos, muestra cómo la fe en María y el arrepentimiento sincero son los necesarios requisitos para escapar al infierno que procuran los vicios y los errores morales: lujuria, avaricia, herejía, codicia…

A través del siguiente enlace tienes acceso a la obra completa en pdf:

Milagros de Nuestra Señora  (Biblioteca Gonzalo de Berceo)

En la introducción alegórica inicial (prado florido, fuentes, árboles frutales, etc.) representa con gran belleza la vida contemplativa que procura la religión, y en los 25 relatos posteriores, la estructura se repite con gran eficacia: presentación, desarrollo argumental y conclusión a modo de resumen con consejos a los oyentes. Entre ellos, resultan si más no curiosos aquellos que tratan de deslices sexuales de clérigos y monjas, como es el caso de los milagros titulados El sacristán impúdico y La abadesa encinta. Aquí puedes leer un interesante estudio de Carmen Benito sobre ambos y su posible conexión con hechos reales.

En definitiva, Berceo es un poeta poco original en los argumentos pero de gran habilidad en la composición y en la gracia del lenguaje que emplea. Consciente de su misión evangélica, defiende el valor fundamental de la fe como requisito para la salvación de las almas.

En una versión cinematográfica ya con solera, emitida por TVE, tenemos dos de esas antiguas, ingenuas y piadosas historias:

El romero de Santiago, aquí llamado “El hermano lego”. Episodio que cuenta libremente la historia de un fraile fornicario que es engañado por el diablo que se hace pasar por el apóstol Santiago y le pide que se corte los genitales para enmendar sus pecados.

El milagro de Teófilo. Introduce el tema de la venta del alma al diablo, de larga tradición posterior, como demuestra la historia del Dr Fausto que en el siglo XIX recreó el escritor alemán Goethe. Aunque con escasa calidad de imagen, también está accesible en Youtube:

1ª parte (15 m.)/ 2ª parte (3 m.)

Referencias de interés:

JUAN RUIZ, ARCIPRESTE DE HITA (s. XIV)

Fue un personaje contradictorio y jovial, sin prejuicios, muy crítico con la Iglesia de su tiempo. Escribió una obra difícil de clasificar, variada y heterodoxa, el llamado Libro del buen amor, cuyo sentido es deliberadamente ambiguo. En ella contrapone el loco amor (la pasión sexual, el “ayuntamiento con hembra placentera”) al buen amor (casto y puro, espiritual, dedicado a la Virgen) y nos enseña los errores o malos ejemplos que podemos cometer en la vida si nos dejamos llevar por la lujuria. No obstante, al final, nos dice que escojamos lo que juzguemos mejor según nuestro buen juicio, esto es: el erotismo carnal o la vida del espíritu y el rezo.  Y si queremos pecar, que sepamos cómo hacerlo y que lo hagamos bien.

En el libro, como corresponde a una completa miscelánea medieval, cabe de todo: aventuras eróticas del arcipreste (encuentro con las serranas, episodio de Doña Garoza…), repertorio de recursos para seducir a las mujeres, batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma, gozos a la Virgen, amores de don Melón y doña Endrina, cuentos insertados más o menos picantes como la historia de Pitas Payas, apólogos o cuentecillos morales de tipo popular como la historia del ratón de campo y el ratón de ciudad, apología de las barraganas (amantes de los clérigos) como la famosa Cantiga de los clérigos de Talavera, elogios y denuestos de las mujeres, e incluso chistes como la divertida disputa de griegos y romanos

En la obra aparece ya, además, un personaje de gran fortuna literaria: el de la alcahueta Trotaconventos, antecedente de la Celestina de Rojas que, mujer de edad y experiencia que, según el arcipreste, es imprescindible para triunfar en las empresas amorosas que quiera todo hombre emprender. Aquí la vemos en acción:

Por último, como referencia culta, debemos recordar que el LBA es una obra compleja que se inspira claramente en el Arte de amar de Ovidio y tiene un indudable carácter festivo y burlón que la hace francamente divertida y original. Por eso, a pesar de que fue incomprendido y rechazado por los historiadores de la literatura durante siglos, a día de hoy es un clásico medieval indiscutible, como ya apuntamos en otro sitio: Modernidad del LBA (Blog El canon literario).

Sitios de interés sobre la obra:

Otras obras y autores de mérito del Mester de Clerecía serían los Proverbios morales del judío Sem Tob de Carrión y el Rimado de Palacio del canciller Pero López de Ayala.


El Poema de Mio Cid

7 noviembre 2011

Los cantares de gesta castellanos que se conservan son muy pocos, y sin embargo, tenemos noticia de muchos de ellos por los restos que han dejado en el Romancero Viejo y en las crónicas históricas del Medievo, en algunas de las cuales consta que se utilizaron como fuente fidedigna, ya que aparecen literalmente prosificados, manteniendo palabra a palabra el ritmo y la estructura de los versos.

Juglares y clérigos los difundían por todo el norte peninsular en la Edad Oscura, en ese periodo tan misterioso y fascinante en que se crean los reinos que dan origen a nuestra sociedad actual y maduran las lenguas románicas, una época de la que sabemos algunas cosas y nos imaginamos la mayoría.

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Entre todos ellos, destaca por muchas razones el Poema (o Cantar) de Mio Cid, un cantar de gesta único que constituye la primera gran obra maestra de la Literatura española.

El poema es el cantar de gesta más antiguo y el mejor conservado de la literatura castellana medieval. Su protagonista es un personaje histórico, el infanzón Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1048-1099), un noble famoso por su habilidad guerrera y su astucia hasta el punto de que se convirtió en una leyenda en vida. Consta de 3730 versos y se conserva en un manuscrito único que se encontró en Vivar (Burgos) y que hoy día se conserva en la Biblioteca Nacional.

La fecha de composición del poema es incierta, así como su autoría. Ramón Menéndez Pidal creía que fue compuesto en el siglo XII, posiblemente hacia 1140, y quizá por varias manos, especialmente las de dos supuestos juglares sorianos, uno de San Esteban de Gormaz y otro de Medinaceli para ser más exactos, pero esto no deja de ser una vieja hipótesis del gran filóglogo e historiador. Lo que sí sabemos con certeza es que el manuscrito conservado es una copia del siglo XIV firmada por un tal Per Abbat y fechada en era de 1245 (lo que equivale al año 1207 si le restamos los 38 años de la antigua Era Hispánica). Por ello, los últimos investigadores suelen coincidir en otorgar verosimilitud a lo que nos dice el explicit o colofón, con lo que retrasan su escritura hasta principios del siglo XIII y no tienen inconveniente en atribuirlo a un clérigo que dominaba el arte juglaresco y conocía bien la poesía heroica.

El tema de la obra es la recuperación de la honra perdida por el Cid, primero su honra pública (ya que es acusado de ladrón por sus enemigos) y luego su honra privada (sus hijas son brutalmente maltratadas por sus maridos). En ambos casos el Cid actúa respetando la autoridad del rey y la justicia de la época, y buscando la reparación del daño mediante un uso legítimo y comedido de la fuerza. En un caso, conquistando territorios y en otro, retando a sus cobardes yernos a un duelo singular.

El argumento del poema oscila entre lo histórico y lo novelesco, de manera que al principio predomina la acción bélica y luego se suceden escenas puramente fantasiosas. Tradicionalmente se ha dividido en tres partes o cantares que equivaldrían a tres sucesivas sesiones de recitado: Cantar del destierro, Cantar de las bodas y Cantar de la afrenta de Corpes.

El personaje principal del texto es, evidentemente, el Cid, cima de virtudes y ejemplo destacado de lo que en la Edad Media era considerado un buen caballero cristiano: valiente, piadoso, justo, leal, fiel, generoso, clemente, protector de su tierra y los suyos… Junto al Cid se sitúan sus fieles vasallos (como Minaya Álvar Fáñez o Martín Antolínez), su familia (su mujer Jimena y sus hijas Sol y Elvira), el abad de San Pedro de Cardeña y el pueblo castellano en general (burgueses, campesinos, soldados…) ya que todos lo consideran de su clase e injustamente castigado por el rey.

Frente a él, en cambio, tenemos a un sinfín de enemigos: primero a los “malos mestureros” (intrigantes de palacio), a algunos jefes cristianos aragoneses y catalanes, a los que arrebata posesiones e incluso hace prisioneros -como sucede con Ramón Berenguer II, Conde de Barcelona-, y sobre todo, a caudillos musulmanes como Búcar o Yusuf, a pesar de que en este bando también hay excepciones como la de Al Mutamín, gobernador de la Taifa de Zaragoza, el cual fue aliado del Cid. Después, tras la conquista de Valencia, sus principales enemigos estarán dentro de su propia casa, puesto que lo son los Infantes de Carrión, Diego y Fernando, representantes de la alta nobleza leonesa, cuyos privilegios veían amenazados por personajes de inferior rango social pero más valor como el Cid.

Además, sobre todos estos personajes, se sitúa la figura del rey-emperador Alfonso VI, injusto al principio, quizá interesado después y finalmente benevolente con el héroe, ya que lo perdona y le otorga un honroso casamiento para sus hijas.

La métrica del poema es irregular, con versos que van desde las 10 a las 20 sílabas divididos en dos hemistiquios por una cesura o pausa. La rima es asonante en todos ellos y se mantiene durante largas tiradas, lo que debía dar al recitado un soniquete bastante monótono pero a la vez favorecía la improvisación del juglar en caso de olvidar algún verso.

Respecto al estilo, podemos definirlo como sobrio y llano, un tanto rudimentario pero ágil y directo, como corresponde a la épica medieval primitiva. Abunda en epítetos épicos que caracterizan a los personajes, especialmente al protagonista (el que en buen hora ciñó espada, el de la barba bellida, etc.), abunda en fórmulas apelativas a los oyentes (lo que evidencia su carácter oral), es rico en dialectalismos, es rápido en las escenas guerreras, introduce sin presentación diáogos vivaces y está surcado por vetas líricas que revelan una indudable sensibilidad hacia el paisaje y los sentimientos familiares.

Finalmente, el Cantar de Mio Cid resulta excepcional en tanto que inaugura uno de los rasgos más destacados la literatura castellana -el realismo-, y en tanto que la historia que cuenta ha sido recreada en innumerables ocasiones ya desde antiguo en romances, crónicas latinas y cantares de gesta (mucho más novelescos) y más modernamente en novelas, obras de teatro nacionales y extranjeras, e incluso en el cine. Muestra destacada de esto último fue la superproducción norteamericana de Anthony Mann El Cid (1961) que a día de hoy sigue siendo la referencia cinematográfica ineludible sobre el personaje:

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