El Poema de Mio Cid

Los cantares de gesta castellanos que se conservan son muy pocos, y sin embargo, tenemos noticia de muchos de ellos por los restos que han dejado en el Romancero Viejo y en las crónicas históricas del Medievo, en algunas de las cuales consta que se utilizaron como fuente fidedigna, ya que aparecen literalmente prosificados, manteniendo palabra a palabra el ritmo y la estructura de los versos.

Juglares y clérigos los difundían por todo el norte peninsular en la Edad Oscura, en ese periodo tan misterioso y fascinante en que se crean los reinos que dan origen a nuestra sociedad actual y maduran las lenguas románicas, una época de la que sabemos algunas cosas y nos imaginamos la mayoría.

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Entre todos ellos, destaca por muchas razones el Poema (o Cantar) de Mio Cid, un cantar de gesta único que constituye la primera gran obra maestra de la Literatura española.

El poema es el cantar de gesta más antiguo y el mejor conservado de la literatura castellana medieval. Su protagonista es un personaje histórico, el infanzón Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1048-1099), un noble famoso por su habilidad guerrera y su astucia hasta el punto de que se convirtió en una leyenda en vida. Consta de 3730 versos y se conserva en un manuscrito único que se encontró en Vivar (Burgos) y que hoy día se conserva en la Biblioteca Nacional.

La fecha de composición del poema es incierta, así como su autoría. Ramón Menéndez Pidal creía que fue compuesto en el siglo XII, posiblemente hacia 1140, y quizá por varias manos, especialmente las de dos supuestos juglares sorianos, uno de San Esteban de Gormaz y otro de Medinaceli para ser más exactos, pero esto no deja de ser una vieja hipótesis del gran filóglogo e historiador. Lo que sí sabemos con certeza es que el manuscrito conservado es una copia del siglo XIV firmada por un tal Per Abbat y fechada en era de 1245 (lo que equivale al año 1207 si le restamos los 38 años de la antigua Era Hispánica). Por ello, los últimos investigadores suelen coincidir en otorgar verosimilitud a lo que nos dice el explicit o colofón, con lo que retrasan su escritura hasta principios del siglo XIII y no tienen inconveniente en atribuirlo a un clérigo que dominaba el arte juglaresco y conocía bien la poesía heroica.

El tema de la obra es la recuperación de la honra perdida por el Cid, primero su honra pública (ya que es acusado de ladrón por sus enemigos) y luego su honra privada (sus hijas son brutalmente maltratadas por sus maridos). En ambos casos el Cid actúa respetando la autoridad del rey y la justicia de la época, y buscando la reparación del daño mediante un uso legítimo y comedido de la fuerza. En un caso, conquistando territorios y en otro, retando a sus cobardes yernos a un duelo singular.

El argumento del poema oscila entre lo histórico y lo novelesco, de manera que al principio predomina la acción bélica y luego se suceden escenas puramente fantasiosas. Tradicionalmente se ha dividido en tres partes o cantares que equivaldrían a tres sucesivas sesiones de recitado: Cantar del destierro, Cantar de las bodas y Cantar de la afrenta de Corpes.

El personaje principal del texto es, evidentemente, el Cid, cima de virtudes y ejemplo destacado de lo que en la Edad Media era considerado un buen caballero cristiano: valiente, piadoso, justo, leal, fiel, generoso, clemente, protector de su tierra y los suyos… Junto al Cid se sitúan sus fieles vasallos (como Minaya Álvar Fáñez o Martín Antolínez), su familia (su mujer Jimena y sus hijas Sol y Elvira), el abad de San Pedro de Cardeña y el pueblo castellano en general (burgueses, campesinos, soldados…) ya que todos lo consideran de su clase e injustamente castigado por el rey.

Frente a él, en cambio, tenemos a un sinfín de enemigos: primero a los “malos mestureros” (intrigantes de palacio), a algunos jefes cristianos aragoneses y catalanes, a los que arrebata posesiones e incluso hace prisioneros -como sucede con Ramón Berenguer II, Conde de Barcelona-, y sobre todo, a caudillos musulmanes como Búcar o Yusuf, a pesar de que en este bando también hay excepciones como la de Al Mutamín, gobernador de la Taifa de Zaragoza, el cual fue aliado del Cid. Después, tras la conquista de Valencia, sus principales enemigos estarán dentro de su propia casa, puesto que lo son los Infantes de Carrión, Diego y Fernando, representantes de la alta nobleza leonesa, cuyos privilegios veían amenazados por personajes de inferior rango social pero más valor como el Cid.

Además, sobre todos estos personajes, se sitúa la figura del rey-emperador Alfonso VI, injusto al principio, quizá interesado después y finalmente benevolente con el héroe, ya que lo perdona y le otorga un honroso casamiento para sus hijas.

La métrica del poema es irregular, con versos que van desde las 10 a las 20 sílabas divididos en dos hemistiquios por una cesura o pausa. La rima es asonante en todos ellos y se mantiene durante largas tiradas, lo que debía dar al recitado un soniquete bastante monótono pero a la vez favorecía la improvisación del juglar en caso de olvidar algún verso.

Respecto al estilo, podemos definirlo como sobrio y llano, un tanto rudimentario pero ágil y directo, como corresponde a la épica medieval primitiva. Abunda en epítetos épicos que caracterizan a los personajes, especialmente al protagonista (el que en buen hora ciñó espada, el de la barba bellida, etc.), abunda en fórmulas apelativas a los oyentes (lo que evidencia su carácter oral), es rico en dialectalismos, es rápido en las escenas guerreras, introduce sin presentación diáogos vivaces y está surcado por vetas líricas que revelan una indudable sensibilidad hacia el paisaje y los sentimientos familiares.

Finalmente, el Cantar de Mio Cid resulta excepcional en tanto que inaugura uno de los rasgos más destacados la literatura castellana -el realismo-, y en tanto que la historia que cuenta ha sido recreada en innumerables ocasiones ya desde antiguo en romances, crónicas latinas y cantares de gesta (mucho más novelescos) y más modernamente en novelas, obras de teatro nacionales y extranjeras, e incluso en el cine. Muestra destacada de esto último fue la superproducción norteamericana de Anthony Mann El Cid (1961) que a día de hoy sigue siendo la referencia cinematográfica ineludible sobre el personaje:

OTROS ENLACES DE INTERÉS

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Estudios históricos y literarios sobre el Cid

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