Dafne y Apolo

1 noviembre 2008
Apolo y Dafne, de Bernini

Apolo y Dafne, de Bernini

Carla y Cristina han aportado el mito de Dafne y Apolo. Os lo paso tal cual. La historia, como sabéis, la relata magistralmente Ovidio en el Libro I de sus Metamorfosis.

Apolo era hijo del dios Zeus y de Leto, hija de un titán. Era también llamado Délico, de Delos, la isla de su nacimiento, y Pitio, por haber matado a Pitón, la legendaria serpiente que guardaba un santuario en las montañas del Parnaso. En la leyenda homérica, Apolo era sobre todo el dios de la profecía. Su oráculo más importante estaba en Delfos, el sitio de su victoria sobre Pitón. Solía otorgar el don de la profecía a aquellos mortales a los que amaba, como a la princesa troyana Casandra.

Apolo era también un músico dotado, que deleitaba a los demás dioses tocando la lira. Era asimismo un arquero diestro y un atleta veloz, acreditado por haber sido el primer vencedor en los juegos olímpicos. Su hermana gemela, Ártemis, era la guardiana de las muchachas, mientras que Apolo protegía de modo especial a los muchachos. También era el dios de la agricultura y de la ganadería, de la luz y la verdad, y enseñó a los humanos el arte de la medicina.

Un día, cuando Apolo ya era mayor, encontró a Cupido con su flecha, y le advirtió que la dejara, ya que con ella había matado una serpiente, y que se fuera a otro lugar a jugar con sus flechas. Cupido, enfurecido, voló a una alta montaña y escogió dos flechas: a quien le tocase la primera huiría para siempre del amor, y al que le tocase la segunda se enamoraría perdidamente del otro.

Dafne, una dríade o ninfa de los árboles, que vivía en el bosque, fue la primera víctima de Cupido, y al atravesarle la flecha el corazón, fue a suplicarle a su padre, el dios río Peneo, que nunca la obligara a casarse, lo cual él tuvo que aceptar y también prometer que siempre la libraría de sus perseguidores. Luego, Cupido lanzó a Apolo la segunda flecha cuando estaba cerca de Dafne, con lo cual se enamoró perdidamente de aquella niña de cabello salvaje y vestimenta de pieles. Al verla, Apolo la saludó, pero ella echó a correr hacia el interior del bosque. Él le gritaba que no era un campesino, que era un dios y había matado una serpiente, pero ella corría y corría. Cuando la doncella ya no podía más y oía la respiración del Dios en su cabello gritó: ¡Ayúdame, padre! Enseguida, las piernas se le empezaron a hacer leñosas, y se convirtió en un árbol de laurel, en el cual sólo quedaba de ella su exquisito encanto. Apolo se aferró al tronco y besándolo dijo: Siento que tu corazón late en esta corteza. Luego, con la madera hizo un arpa y unas flechas; y con las hojas hizo guirnaldas para su frente. Decía que era para recordar que siempre sería joven y verde, ella, su primer amor.”

A continuación os dejo dos sonetos muy distintos sobre este asunto. El primero es de Garcilaso de la Vega y trata el tema con delicadeza y sensibilidad, en la línea de la armonía renacentista, identificando la voz del poeta con el sentimiento del amante que no puede alcanzar el objeto de su pasión. El segundo, en cambio, es una versión satírica de Francisco de Quevedo, una pura parodia mitológica de las que tanto se estilaban en el Barroco. Este último es francamente divertido e irreverente, pero también un poquito más difícil de entender, por lo que quizá necesita algunas notas aclaratorias. Os convido a leerlos y preparar un breve comentario para revisarlo en clase.

TEXTO 1: Soneto XIII

A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!

TEXTO 2: A Apolo siguiendo a Dafne

Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla:
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres sol, sírvete de ella.

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